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"Darum
kümmere ich mich gar nicht!",
sagte Gerda. "Das brauchst du mir nicht
zu erzählen"; und dann lief sie
nach dem Ende des Gartens. Die Tür
war verschlossen, aber sie drückte
auf die verrostete Klinke, so daß
diese abging; die Tür sprang auf, und
die kleine Gerda lief barfüßig
in die weite Welt hinaus. Sie blickte dreimal
zurück, aber niemand war da, der sie
verfolgte, zuletzt konnte sie nicht mehr
laufen und setzte sich auf einen großen
Stein; und als sie sich umsah, war es mit
dem Sommer vorbei. Es war Spätherbst;
das konnte man in dem schönen Garten
gar nicht bemerken, wo immer Sonnenschein
und Blumen aller Jahreszeiten waren.
"Gott, wie habe ich mich verspätet!",
sagte die kleine Gerda. "Es ist ja
Herbst geworden! Da darf ich nicht ruhen!"
Und sie erhob sich, um zu gehen. Oh, wie
waren ihre kleinen Füße wund
und müde!
Ringsumher sah es kalt und rauh aus; die
langen Weidenblätter waren ganz gelb,
und der Tau tröpfelte als Wasser herab.
Ein Blatt fiel nach dem andern ab; nur der
Schlehdorn trug noch Früchte, die waren
aber herbe und zogen ihr den Mund zusammen.
Oh, wie war es grau und schwer in der weiten
Welt!
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-¡Y
qué me importa eso a mí! -dijo
Margarita-.
¿A qué viene esa historia?
Y echó a correr hacia el extremo
del jardín. La puerta estaba cerrada,
pero ella forcejeó con el herrumbroso
picaporte hasta descorrerlo; se abrió
por fin, y la niña se lanzó
al vasto mundo con los pies descalzos. Por
tres veces se volvió a mirar, pero
nadie la perseguía. Al fin, fatigadísima,
se sentó sobre una gran piedra, y
al dirigir la mirada a su alrededor se dio
cuenta de que el verano había pasado
y de que estaba ya muy avanzado el otoño,
cosa que no había podido observar
en el hermoso jardín, donde siempre
brillaba el sol, y las flores crecían
en todas las estaciones. -¡Dios mío,
cómo me he retrasado! -dijo Margarita-.
¡Estamos ya en otoño; tengo
que darme prisa!
Y se puso en pie para reemprender su camino.
Pobres piececitos suyos, ¡qué
despeados y cansados! A su alrededor todo
parecía frío y desierto; las
largas hojas de los sauces estaban amarillas,
y el rocío se desprendía en
grandes gotas. Caían las hojas unas
tras otras; sólo el endrino tenía
aún fruto, pero era áspero
y contraía la boca. ¡Ay, qué
gris y difícil parecía todo
en el vasto mundo!
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