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Die Rosen
sind unten in der Erde gewesen, und die
sagen nein!"
"Kling, klang!", läuten die
Hyazinthen-Glocken. "Wir läuten
nicht für den kleinen Kay, wir kennen
ihn nicht; wir singen nur unser Lied, das
einzige, welches wir kennen." Und Gerda
ging zur Butterblume, die aus den glänzenden,
grünen Blättern hervorschien.
"Du bist eine kleine helle Sonne!",
sagte Gerda. "Sage mir, ob du weißt,
wo ich meinen Gespielen finden kann?"
Und die Butterblume glänzte so schön
und sah wieder auf Gerda. Welches Lied konnte
wohl die Butterblume singen? Es handelte
auch nicht vom Kay. "In einem kleinen
Hof schien die liebe Gottessonne am ersten
Frühlingstage sehr warm; die Strahlen
glitten an des Nachbarhauses weißen
Wänden herab. Dicht dabei wuchs die
erste gelbe Blume und glänzte golden
in den warmen Sonnenstrahlen. Die alte Großmutter
saß draußen in ihrem Stuhl.
Die Enkelin, ein armes, schönes Dienstmädchen
kehrte von einem kurzen Besuch heim. Sie
küßte die Großmuter; es
war Gold, Herzensgold in dem gesegneten
Kuß.
Gold im Munde, Gold im Grunde, Gold in der
Morgenstunde! Sieh, das ist meine kleine
Geschichte!", sagte die Butterblume.
"Meine arme, alte Großmutter!",
seufzte Gerda. "Ja, sie sehnt sich
gewiß nach mir und grämt sich
um mich, ebenso wie sie es um den kleinen
Kay tat. Aber ich komme bald wieder nach
Hause, und dann bringe ich Kay mit.
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Las rosas
estuvieron debajo de la tierra y dicen que
no.
-¡Cling, clang! -suenan los cálices
de los jacintos-. No doblamos por Carlitos,
no lo conocemos. Cantamos nuestra propia
pena, la única que conocemos.
Y Margarita pasó al botón
de oro, que asomaba por entre las verdes
y brillantes hojas.
-¡Eres un solecito! -le dijo-. ¿Sabes
dónde podría encontrar a mi
campanero de juegos?
El botón de oro despedía un
hermosísimo brillo y miraba a Margarita.
¿Qué canción sabría
cantar? Tampoco se trataba de Carlos.
-El primer día de primavera, el sol
del buen Dios lucía en una pequeña
alquería, prodigando su benéfico
calor; sus rayos se deslizaban por las blancas
paredes de la casa vecina, junto a las cuales
crecía la primera flor amarilla y
brillaba como oro bajo los cálidos
rayos del sol. La anciana abuela estaba
fuera, sentada en su silla; la nieta, una
pobre criada linda, acababa de llegar para
una breve visita y besó a su abuela.
Había oro, oro puro del corazón
en su beso.
Oro en la boca, oro en el alma, oro en aquella
hora matinal. Ahí tienes mi cuento
-concluyó el botón de oro.
-¡Mi pobre, mi anciana abuelita! -suspiró
Margarita-. Sin duda me echa de menos y
está triste pensando en mí,
como lo estaba pensando en Carlos. Pero
volveré pronto a casa y lo llevaré
conmigo.
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