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Da erschrak
die kleine Gerda sehr und fing an zu weinen;
allein niemand außer den Sperlingen
hörte sie, und die konnten sie nicht
an das Land tragen. Aber sie flogen längs
dem Ufer und sangen, gleichsam um sie zu
trösten:"Hier sind wir, hier sind
wir!" Das Boot trieb mit dem Strom;
die kleine Gerda saß ganz still, nur
mit Strümpfen an den Füßen;
ihre kleinen roten Schuhe trieben hinter
ihr her; aber sie konnten das Boot nicht
erreichen, das hatte stärkere Fahrt.
Hübsch war es an beiden Ufern; schöne
Blumen, alte Bäume und Hänge mit
Schafen und Kühen; aber nicht ein Mensch
war zu erblicken. "Vielleicht trägt
mich der Fluß zu dem kleinen Kay",
dachte Gerda, und da wurde sie heiterer,
erhob sich und betrachtete viele Stunden
die grünen, schönen Ufer. Dann
gelangte sie zu einem großen Kirschgarten,
in welchem ein kleines Haus mit sonderbaren
roten und blauen Fenstern war; übrigens
hatte es ein Strohdach, und im Garten standen
zwei hölzerne Soldaten, die vor der
Vorbeisegelnden das Gewehr schulterten.
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Margarita,
muy asustada, rompió a llorar, pero
nadie la oyó aparte los gorriones,
los cuales, no pudiendo llevarla a tierra,
se echaron a volar a lo largo de la orilla,
piando como para consolarla: «¡Estamos
aquí, estamos aquí!».
El bote avanzaba, arrastrado por la corriente,
y Margarita permanecía silenciosa,
sólo llevaba calcetines en sus pies;
los zapatitos rojos flotaban en pos de la
barca, sin poder alcanzarla, pues ésta
navegaba a mayor velocidad.
Las dos orillas eran muy hermosas, con lindas
flores, viejos árboles y laderas
en las que pacían ovejas y vacas;
pero no se veía ni un ser humano.
«Acaso el río me conduzca hasta
Carlitos», pensó Margarita,
y aquella idea le devolvió la alegría.
Se puso en pie y estuvo muchas horas contemplando
la hermosa ribera verde, hasta que llegó
frente a un gran jardín plantado
de cerezos, en el que se alzaba una casita
con extrañas ventanas de color rojo
y azul. Por lo demás, tenía
el tejado de paja, y fuera había
dos soldados de madera, con el fusil al
hombro.
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