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Als sie
später mit dem Bilderbuch kam, sagte
er, daß das für Wickelkinder
passe; und erzählte die Großmutter
Geschichten, so kam er immer mit einem "aber"
- konnte er dazu gelangen, dann ging er
hinter ihr her, setzte seine Brille auf
und sprach ebenso wie sie; das machte er
ganz treffend, und die Leute lachten über
ihn. Bald konnte er Sprache und Gang von
allen Menschen in der ganzen Straße
nachahmen. Alles, was an ihnen eigentümlich
und unschön war, das wußte Kay
nachzumachen; und die Leute sagten:"Das
ist sicher ein ausgezeichneter Kopf, den
der Knabe hat!" Aber es war das Glas,
welches ihm in dem Herzen saß; daher
kam es auch, daß er selbst die kleine
Gerda neckte, die ihm von ganzem Herzen
gut war. Seine Spiele wurden nun ganz anders
als früher; sie waren so verständig.
An einem Wintertag, als es schneite, kam
er mit einem großen Brennglas, hielt
seinen blauen Rockzipfel hin und ließ
die Schneeflocken darauf fallen.
"Sieh nun in das Glas, Gerda!",
sagte er; und jede Schneeflocke wurde viel
größer und sah aus wie eine prächtige
Blume oder ein zehneckiger Stern; es war
schön anzusehen. "Siehst du, wie
künstlich!", sagte Kay.
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Al comparecer
ella más tarde con el libro de dibujos,
le dijo Carlos que aquello era para niños
de pecho; y cada vez que abuelita contaba
historias, salía él con alguna
tontería. Siempre que podía,
se situaba detrás de ella, y, poniéndose
unas gafas e imitándola; lo hacía
con mucha gracia, y todos los presentes se
reían. Pronto supo remedar los andares
y los modos de hablar de las personas que
pasaban por la calle, y todo lo que tenían
de peculiar y de feo.
Y la gente exclamaba: -¡Tiene una cabeza
extraordinaria este chiquillo -.
Pero todo venía del cristal que por
el ojo se le había metido en el corazón;
esto explica que se burlase incluso de la
pequeña Margarita, que tanto lo quería.
Sus juegos eran ahora totalmente distintos
de los de antes; eran muy juiciosos. En invierno,
un día de nevada, se presentó
con una gran lupa, y sacando al exterior el
extremo de su chaqueta, dejó que se
depositasen en ella los copos de nieve.
-Mira por la lente, Margarita -dijo; y cada
copo se veía mucho mayor, y tenía
la forma de una magnífica flor o de
una estrella de diez puntas; daba gusto mirarlo.
-¡Fíjate qué arte! -observó
Carlos-. |