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Am nächsten
Tag wurde es klarer Frost - und dann kam
das Frühjahr; die Sonne schien, das
Grün keimte hervor, die Schwalben bauten
Nester, die Fenster wurden geöffnet,
und die kleinen Kinder saßen wieder
in ihrem kleinen Garten hoch oben in der
Dachrinne über allen Stockwerken. Die
Rosen blühten diesen Sommer so prachtvoll;
das kleine Mädchen hatte einen Psalm
gelernt, in welchem auch von Rosen die Rede
war; und bei den Rosen dachte sie an ihre
eigenen; und sie sang ihn dem kleinen Knaben
vor, und er sang mit: Die Rosen, sie verblüh'n
und verwehen, wir werden das Christkindlein
sehen!
Und die Kleinen hielten einander bei den
Händen, küßten die Rosen,
blickten in Gottes hellen Sonnenschein hinein
und sprachen zu demselben, als ob das Jesuskind
da sei. Was waren das für herrliche
Sommertage; wie schön war es draußen
bei den frischen Rosenstöcken, welche
unermüdlich zu blühen schienen!
Kay und Gerda saßen und blickten in
das Bilderbuch mit Tieren und Vögeln,
da war es - die Uhr schlug gerade fünf
auf dem großen Kirchturm -, daß
Kay sagte: "Au! Es stach mir in das
Herz, und mir flog etwas in das Auge!"
Das kleine Mädchen fiel ihm um den
Hals; er blinzelte mit den Augen; nein,
es war gar nichts zu sehen.
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Al día
siguiente hubo helada con el cielo sereno,
y después apareció la primavera.
Lució el sol, brotaron las plantas,
las golondrinas empezaron a construir sus
nidos; se abrieron las ventanas, y los niños
pudieron volver a su jardincito del canalón,
encima de todos los pisos de las casas.
Este verano, las rosas florecieron con todo
su esplendor. La niña había
aprendido un salmo que hablaba también
de rosas, y en ella pensaba al mirar las
suyas; y lo cantó al niño
pequeño, el cual cantó con
ella:
«Las rosas se marchitan y desaparecen,
vamos a ver al Niño Jesús».
Y los pequeños, cogidos de las manos,
besaron las rosas y, dirigiendo la mirada
a la clara luz del sol divino, le hablaron
como si estuviese el Niño Jesús
aquí. ¡Qué días
tan hermosos! ¡Qué bello era
todo allá fuera, junto a los lozanos
rosales que parecían dispuestos a
seguir floreciendo eternamente!
Carlos y Margarita, sentados, miraban un
libro de dibujos en que se representaban
animales y pajarillos, y entonces -el reloj
acababa de dar las cinco en el gran campanario-
dijo Carlos: -¡Ay, qué pinchazo
en el corazón! ¡Y algo me ha
entrado en el ojo! La niña le abrazó,
y él parpadeaba, pero no se veía
nada. |