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Aber die
jüngste der Schwestern flüsterte
dem alten Troll ins Ohr:»Das sagt
sie nur, weil sie in einem nordischen Lied
gehört hat, daß, wenn die Welt
untergeht, doch die nordischen Felsen als
Wahrzeichen stehen bleiben, und deshalb
will sie dort hinauf, denn sie hat solche
Angst vor dem Untergehen.« »Ho,
ho«, sagte der alte Troll, »geht
es darauf hinaus, aber was kann die siebente
und letzte?« »Die sechste kommt
vor der siebenten«, sagte der Elfenkönig,
denn er konnte rechnen; aber die sechste
wollte nicht recht hervorkommen.
»Ich kann nur den Leuten die Wahrheit
sagen«, sagte sie, »mich mag
keiner leiden, und ich habe genug damit
zu tun, mein Totenhemde zu nähen.«
Nun kam die siebente und letzte, und was
konnte sie? Ja, sie konnte Märchen
erzählen, und zwar so viele, wie sie
nur wollte. »Hier sind alle meine
fünf Finger«, sagte der alte
Troll, »erzähle mir von jedem
eins.« Und das Elfenmädchen faßte
ihn ums Handgelenk und er lachte, daß
es in ihm kluckerte, und als sie zum Goldfinger
kam, der einen Goldreif um den Leib hatte,
gerade als ob er gewußt hätte,
daß Verlobung sein sollte, sagte der
alte Troll:»Halt fest was du hast,
die Hand ist dein. Dich will ich selbst
zur Frau haben.«
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Pero la
menor de las hermanas murmuró al oído
del viejo -esto es sólo porque sabe
una canción nórdica que dice
que, cuando la Tierra se hunda, los acantilados
nórdicos seguirán levantados
como monumentos característicos. Por
eso quiere ir allá, pues tiene mucho
miedo de hundirse.
-¡Vaya, vaya! -exclamó el viejo,
-aspira a eso, pero, ¿qué sabe
la séptima y última?
-La sexta viene antes que la séptima
- observó el rey de los elfos, pues
sabía contar. Pero la sexta se negó
a acudir.
-Yo no puedo decir a la gente sino la verdad
-dijo-. Nadie me quiere bien a mí,
y, bastante tengo con coser mi mortaja.
Se presentó entonces la séptima
y última. Y, ¿qué sabía?
Pues sabía contar cuentos, tantos como
se le pidieran. -Ahí tienes mis cinco
dedos -dijo el viejo duende-. Cuéntame
un cuento acerca de cada uno. La muchacha
lo cogió por la muñeca, mientras
él se reía de una forma que
más bien parecía cloquear; y
cuando ella llegó al dedo anular, en
el que llevaba una sortija de oro, como si
supiese que era cuestión de esponsales,
dijo el viejo duende -Aagárralo fuerte,
la mano es tuya. ¡Te quiero a ti por
mujer! |