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Im Elsaß
auf der Burg Nideck, die an einem hohen
Berg bei einem Wasserfall liegt, waren die
Ritter vorzeiten große Riesen.
Einmal ging das Riesenfräulein herab
ins Tal, wollte sehen, wie es da unten wäre,
und ging bis fast nach Haslach auf ein vor
dem Wald gelegenes Ackerfeld, das gerade
von den Bauern bestellt ward. Es blieb vor
Verwunderung stehen und schaute den Pflug,
die Pferde und Leute an, das ihr alles etwas
Neues war. »Ei«, sprach sie
und ging herzu, »das nehm ich mir
mit.« Da kniete sie nieder zur Erde,
spreitete ihre Schürze aus, strich
mit der Hand über das Feld, fing alles
zusammen und tat's hinein.
Nun lief sie ganz vergnügt nach Haus,
den Felsen hinaufspringend; wo der Berg
so jäh ist, dass ein Mensch mühsam
klettern muss, da tat sie einen Schritt
und war droben.
Der Ritter saß gerad am Tisch, als
sie eintrat.
»Ei, mein Kind«, sprach er,
»was bringst du da, die Freude schaut
dir ja aus den Augen heraus.«
Sie machte geschwind ihre Schürze auf
und ließ ihn hineinblicken.
»Was hast du so Zappeliges darin?«
-
»Ei Vater, gar zu artiges Spielding!
So was Schönes hab ich mein Lebtag
noch nicht gehabt.«
Darauf nahm sie eins nach dem andern heraus
und stellte es auf den Tisch: den Pflug,
die Bauern mit ihren Pferden; lief herum,
schaute es an, lachte und schlug vor Freude
in die Hände, wie sich das kleine Wesen
darauf hin- und herbewegte.
Der Vater aber sprach: »Kind, das
ist kein Spielzeug, da hast du was Schönes
angestiftet! Geh nur gleich und trag's wieder
hinab ins Tal.«
Das Fräulein weinte, es half aber nichts.
»Mir ist der Bauer kein Spielzeug«,
sagte der Ritter ernsthaftig, »ich
leid's nicht, dass du mir murrst, kram alles
sachte wieder ein und trag's an den nämlichen
Platz, wo du's genommen hast. Baut der Bauer
nicht sein Ackerfeld, so haben wir Riesen
auf unserm Felsennest nichts zu leben.«
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En otros
tiempos, en Alsacia en la fortaleza Nideck
que está en una montaña alta
cerca de una catarata, los caballeros eran
gigantes.
Un día la señorita gigantesca
bajó al valle para ver cómo
era, y anduvo casi hasta Haslach a un campo
situado delante del bosque que estaba siendo
cultivado por un campesino. Asombrada, ella
se detuvo y contempló el arado, los
caballos y la gente, ya que no conocía
todo esto.
-¡Ah!- dijo y se acercó, -esto
me lo llevo. Se arrodilló a la tierra,
desplegó su delantal, movió
su mano encima del campo, lo cogió
todo y se lo puso dentro.
Subiendo hacia arriba, donde la montaña
es tan abrupta que un hombre tendría
que escalar con mucho esfuerzo, ella muy alegre
dio una zancada y llegó arriba.
Al entrar a casa, el caballero estaba sentado
en la mesa.
-¡Ah, cariño mío!- dijo
él, -¿qué es lo que traes?
Tus ojos brillan de alegría.-
Rápidamente abrió su delantal
para que él mirara dentro lo que traía.
-¿Qué es esto que tanto se mueve?
-¡Ay padre!, un nuen juguete. Nunca
he tenido algo tan bonito en mi vida.
Después los sacó uno tras otro
y los puso en la mesa: el arado y los campesinos
con sus caballos; correteó y los contempló
riéndose y dando palmadas de alegría
al ver cómo se movían de un
lado para otro las pequeñas criaturas.
Pero el padre dijo
-¡hija mía! esto no es un juguete;
¡buena la has armado! ¡Vete y
vuelve a llevarlo al valle!
La señorita se echó a llorar,
pero en vano.
-Para mi, el campesino no es un juguete- dijo
el caballero muy serio, -no me gusta que no
me hagas caso, recoge todo suavemente y llévalo
al mismo sitio donde lo has encontrado. Si
el campesino no cultiva su campo, nosotros
los gigantes, en el nido de la roca, no tendríamos
nada de qué vivir. |