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Al anochecer, Fausto ha dejado la fiesta popular y ha vuelto
a su gabinete de estudio. Da hospedaje a un perro que
le había seguido ya desde afuera. Nuevamente encerrado
en su gabinete, el estado de ánimo positivo se pierde en
poco tiempo y recae en desesperación. En dicho estado
el perro se convierte en Mefistófeles. Pero el
pacto famoso entre Fausto y Mefistófeles no se concluye
todavía. Mefistófeles quiere irse pero no puede porque
un pentagrama (un signo similar a la más conocida estrella
de David pero sólo con 5 puntas.) lo impide. A Fausto
le parece ridículo que el rey del infierno se deje impresionar
por aquella necedad pero así es, incluso en el infierno
hay reglas estrictas. El ha podido entrar porque el pentagrama
no estaba diseñado perfectamente, pero este pentagrama,
aunque no perfecto, le impide salir. Después de haber adormecido
a Fausto, gracias a las fuerzas mágicas de las cuales es dueño,
llama a un ratón para que roa el pentagrama permitiéndole
así salir.
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