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Esta escena es la única en la que Mefistófeles
está realmente enojado y se convierte en un ser
humano de carne y hueso. Margarethe mostró el
cofrecillo a su madre, ella "olía" que algo no
estaba en orden con este cofrecillo y llamó al
párroco quien le felicitó por haberle llamado, tomó
el cofrecillo y lo incorporó a los bienes de
la iglesia; porque la iglesia es la única institución
que también puede digerir bienes que no le pertenecen.
Fausto encomienda a Mefistófeles conseguir
nuevas joyas y más bellas todavía que las primeras.
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